jueves, 24 de abril de 2014

La Bufanda de otra Época


Él siempre se consideró a sí mismo como “alguien fuera de época”. Había nacido a fines de los sesentas, cuando la era dorada de Hollywood ya había concluido. Pero no podía ver otro cine que no fuera precisamente ese. Para decirlo en pocas palabras -El de los largos musicales con final feliz-. El de las sufridas circunstancias sentimentales que encontraban una emocionante solución a los cinco minutos previos al listado del reparto.
No es que fuese vestido por la calle como Fred Astaire, pero si lamentaba que aquella moda se hubiese esfumado. Hombres con sombrero e impecables trajes a medida. Ellas sin nada simple para ponerse. Ir al almacén o a una noche de gala requería aproximadamente la misma cantidad de tiempo de preparación. Todo un momento glamoroso para mantener una forma de vida glamorosa. Siempre sus trajes o vestimenta intentaba que fuesen versiones modernas de aquellos pretéritos per impecables vestuarios.

Aun solo a sus cuarentas, seguía en la ciega esperanza de encontrar su alma gemela. Muy seguro de sí y sabiendo de que era centro de muchas burlas escondidas de sus variados compañeros y compañeras de trabajo. Sin miedo ni recelo, exponía sus platónicos anhelos de vivir un amor en tecnicolor. Y de esa manera navegaba él por la vida, como un viajero del tiempo de visita en un futuro cercano que no le pertenece.
Era muy común en él, que al cruzarse con una bella dama, comenzara a imaginar una película con todas las circunstancias posibles. En su trayecto imaginario, recorría desde los desengaños amorosos hasta la complicidad entre los siempre flamantes amantes. Drama, dolor, desencuentros, terceros complotando en contra de la sublime union, pero siempre al final, el logro eterno de la comunión en cuerpo y alma de las dos mitades del todo. Jamás un final abierto, al menos no en sus películas.

En su continua búsqueda por su diosa de la pantalla dorada, era el primero en ofrecerse para cualquier tarea que requiriera viajar. No importaba si era cerca o lejos. Por algún motivo esto le hacía sentir que lo imposible se convertía en posible… por el solo hecho de viajar.
Gracias a su buena predisposición a los viajes es que pudo recorrer muchas ciudades importantes y no tan importantes de su propio país, como también de países limítrofes. Lo que más amaba hacer en dichos sitios era, simplemente, ir a tomar un café y ver a la gente pasar. ¡Era algo que podía hacer durante horas! Por algún extraño motivo él era feliz en esos dispersos y relajados momentos.

Un buen día como otros tantos. Sentado en una de las mesas al aire libre que disponía el acogedor bar irlandés. Dejándose llevar por su actividad preferida de observar las idas y venidas de gente que probablemente jamás en su vida se volvería a cruzar. Realizó su rutinario pedido de café sin prestar si quiera atención a quien lo atendía. Se dedicó a absorber sin permiso esa extraña magia que poseen los lugares con mucha gente. El bullicio de poca variación musicalizaba de fondo el trance en el que se encontraba. Cada mesa un continente en sí mismo, algunas de carácter serio e intelectual,  otras alegre y festivo,  y las que a él más le gustaban, las de carácter romántico. Estas últimas con parejas encerradas en una burbuja invisible que los separaba del mundo. Cada una con sus códigos, sus juegos sociales.

Sumergido en ese estado de gracia, no lo vio venir. No se pudo preparar y menos aun defender. De ninguna manera pudo evitar que dos profundos ojos de doloroso color azul capturaran su atención. El hermoso rostro que los enmarcaba, se hallaba en el centro de una espesa y larga cabellera pelirroja, muy brillante. Su piel emanaba luz, su rítmico andar hería con cada paso. Llevaba una hermosa bufanda roja que lo único que hacía era acentuar su elegancia. Era una curiosa bufanda fuera de época. Todo se detuvo, el tiempo, el bullicio, su respiración, su pulso. Los segundos que tardó ella en llegar hasta su mesa fueron cómo siglos para él. Sentía que su mente captaba cada milímetro de la imagen de ella, era perfecta. Al estar tan cerca un dulce y embriagador aroma le anuló los pocos sentidos que aún le quedaban.
La magia, como todo, tiene su principio y por desgracia también tiene su fin. Ella se acercó a la caja, intercambió algunas palabras con el cantinero, y luego de unos segundos, este le entregó un café dentro de esos vasos para llevar y así como llegó, se fue.
No pudo saber qué cosa lo despertó.  Se sentía mareado y confundido. Su mente no daba crédito a la reciente profunda hipnosis que lo había poseído. Sus adormecidos procesos intelectuales eran despertados por un dulce dolor que crecía en su pecho.

Con ese gusto nostálgico que queda al darse cuenta el final de una posible historia no realizada. Dejó una propina mayor a la que generalmente acostumbra dejar. Tomó su impecable sombrero, verificó que sus alas y pliegues estuviesen en la posición correcta. Y se levantó de la mesa sintiéndose más viejo y solo que nunca y decidió irse caminando por la misma avenida que había llegado. Una vieja y hermosa avenida que conservaba el encanto de otros tiempos. Antiguos e imponentes edificios de estilo francés escoltaban la ruidosa vía donde miles de automóviles parecían competir por algún tipo de meta.

Su dolor persistía latente. Sabía que ese dolor no tenía cura, pero también sabía que él no lo quería curar. La había perdido…
Solo pudo caminar sin rumbo por calles que le eran completamente ajenas. El bullicio callejero le llegaba como desde el más allá. Su mente solo disparaba escenas épicas donde el héroe, solo momentáneamente, parece derrotado. Solo le faltaba ir pateando pedruscos con sus impecables zapatos para enmarcar el cuadro completo de angustia que lo asolaba. Solo el viento constante y particularmente fuerte fue su compañero de recorrido.

No supo bien cuantas cuadras, ni cuánto tiempo caminó. Solo se dio cuenta de que estaba frente a ese mismo bar nuevamente. Fue en el único momento de toda su caminata que levantó la cabeza y… él aroma delicioso y embriagante de Ella lo envolvió nuevamente y su dolor creció.
Tardo unos segundos en darse cuenta de que alguien le tocaba el hombro acompañado por un delicado –Disculpe…-

Él… se dio vuelta y el planeta entero lo acompañó. Allí estaba Ella, a unos pocos centímetros. Por segunda vez en ese mismo día,  todos y cada uno de sus sentidos se petrificaron. Ella lo miraba intensamente y con cada segundo que pasaba el sentía que dejaba de existir. Que su humanidad se evaporaba. Su dolor sangraba por cada uno de sus poros.  Podía percibir el aire que le entraba a sus pulmones llenándose de todo lo que Ella emanaba.
Lo supo, de alguna misteriosa manera sintió que era correspondido en todo lo que sentía. La tomó con firme delicadeza en sus brazos y la acercó lentamente notando que ella se lo permitía. La besó y ese momento se hizo eterno… al menos para ellos.

Del brazo de Ella colgaba su bufanda roja, que flameaba indiferente al acto de los amantes. Y sin saber exactamente como ni cuando, el viento la tomo para sí, y se alejó revoloteando por el aire en hermosa danza hacia libertad. Esa extraña libertad que solo puede nacer de un verdadero amor.

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